lunes, 23 de marzo de 2009

Respuestas 10. RAZONES CONTRA EL RELATIVISMO MORAL

LECCIÓN EVOLUTIVA PARA DARWINISTAS DESPISTADOS. MONOS CON CAPUCHA Y TOGA.


Pero es que hay más. Y es algo tan revelador y definitivo para un darwinista, que sería poco honrado obviarlo. Me estoy refiriendo a lo siguiente: recientes investigaciones han demostrado que los monos capuchinos tienen un buen sentido de la justicia.



Trascribo a continuación los resultados de la investigación:


“A esta conclusión llegaron un grupo de científicos de la Universidad de Emory en Estados Unidos, después de enseñarle a un grupo de monos a intercambiar fichas por comida.


Normalmente los primates quedaban contentos de recibir un pedazo de pepinillo, a cambio del "pago" de una de esas fichas.


Pero de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus "compañeros" recibía un premio que consideraban más apetitoso, como por ejemplo una uva.


La ofensa llegaba a tal punto que algunos se rehusaban a trabajar y otros se negaban a comer.


Sarah Brosnan, una de las investigadoras que participó en el experimento, le dijo a la BBC: "Lo más interesante es la sugerencia de que la cooperación humana es más efectiva si hay sentido de justicia".


Sarah Brosnan y su colega, Frans Waal, intentaban ver si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.”




Puede consultarlo el lector directamente de la fuente (se lo recomiendo):




http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science/newsid_3126000/3126824.stm




29.1. Este interesante experimento no prueba que los monos capuchinos tengan sentido de la justicia y menos aún permitiría sacar conclusiones sobre la relación entre la lógica de la igualdad y la justicia. Lo que se ha constatado es que, si un mono ve un premio mejor, lo desea y se irrita si no lo recibe. Está claro que para el mono que ha recibido el pepinillo y ve que otro recibe la uva, esa uva es un premio que él podría recibir. Muy probablemente, dejando que vea la uva sin dársela a otro mono, también se irrita porque la desea y no la consigue.

29.2. Desear el mejor premio no es estar interesado en la justicia sino en lo mejor para uno mismo. En en llamado Juego del ultimátum se ofrece a dos seres humanos que no se conocen repartirse un premio en la proporción que ofrezca el primero y sólo si la acepta el segundo. Se observa que el segundo no suele aceptar ofertas por debajo de un determinado porcentaje, a pesar de que cualquier cantidad sería mejor que ninguna y de que se juega una sola vez. Pero es interesante que el primero ofrezca repartos desiguales con la probabilidad de que el segundo los rechace y perder su parte del premio.

No se trata en este caso de justicia como lo demuestran las ofertas menores del 50%. Se trata de la irritación instintiva contra el que se ve como causante de un daño. Si al segundo se le hubiera ofrecido recibir parte del premio pero no la capacidad de impedir que el primero se quede el resto es casi seguro que la aceptaría. Pero rechazar una parte pequeña es el precio que el segundo paga por convertir su irritación en venganza. Tampoco en este caso se puede hablar de justicia por ninguna de las dos partes sino de venganza y egoísmo.

29.3. La justicia, en el juego del ultimátum o entre los monos capuchinos se vería si el primer participante ofreciera un 50% del premio y rechazara que el segundo reciba un premio menor; o si el primer mono se irritase si el segundo recibe un pepinillo mientras él recibe una uva. Sin embargo, la justicia existe precisamente por esa capacidad de irritarse y de rechazar un trato que se percibe como perjudicial. Insisto en que se rechaza no por injusto sino por perjudicial para el que lo rechaza.

Parece obvio que este experimento sólo tiene sentido con seres capaces de prever un resultado y de sentirse contrariados si no obtienen lo que preveían. Así, un ser humano prevé un resultado de la colaboración social y se negará a ella si el resultado que obtiene es menor de lo que creía a su alcance. Y si ésa es la reacción de todos los seres humanos, la solución menos conflictiva será el reparto equitativo, aunque no la única posible.



A mi entender, amigos, esto aporta una claridad meridiana al debate en curso. Si hasta los monos capuchinos se ofenden (su conducta es inequívoca) ante el trato desigual (injusticia indignación), ¿cómo no nos habríamos de ofender nosotros, los humanos? Por eso, ese sentido de la justicia es posible observarlo ya en niños muy pequeños, como ya dije. La investigación es sorprendente, pero previsible después de todo.


Y esto significa algo de una trascendencia tremenda: que todos los seres humanos tenemos un sentido de la justicia y la injusticia idéntico, siendo tal igualdad fáctica (no meramente concedida) la base lógica para implantar en el mundo un sistema de justicia universal que persiga el delito allá donde se produzca. No vale ya la excusa de que quizá en otros lares del mundo, en otras culturas, tienen un concepto diferente de lo que es justo o injusto. No es cierto: justo e injusto son conceptos universales para la especie humana. El acto de injusticia es igual en todos los puntos del planeta: el trato al otro con una vara de medir diferente, es objetivamente peor para el sujeto víctima de una injusticia que para quien sufre una desgracia sin que medie la injusticia.


De hecho, como ya dije: ¿alguien no se ofendería por cobrar menos por el mismo trabajo? Si algún relativista piensa que no, solicito una comprobación.



30.1. Como decía, lo que se observa no es que los monos se indignen ante un trato desigual sino ante un trato desfavorable para ellos. Que el trato sea desigual pero favorable no indignará necesariamente a los monos y lo que esperaremos es que puedan indignarse si se trata mal a sus familiares cercanos. Eso es lo que sus instintos altruistas les podrían inducir a hacer sin que sean conscientes de la finalidad de lo que hacen. Y sólo cuando la inteligencia permite prever que de la colaboración se puede obtener un beneficio individual o genético, los comportamientos sociales de colaboración se extienden más allá del círculo de familiares cuya supervivencia implica la de los genes propios.

30.2. Y la conclusión que extrae usted, Raus, del experimento es precipitada: que todo el mundo desea la igualdad. Lo cierto es que nadie desea menos pudiendo obtener más, pero el principio es ése y el resto, consecuencias. La regla de comportamiento no es obtener la igualdad sino el máximo posible y la unión social es viable porque es capaz de incrementar ese máximo con la condición de que los que participan en ella valoren ese incremento como el resultado de pactar con los demás el cumplimento de sus deseos de mejorar.

30.3. Así la sociedad es un conjunto de individuos sometidos a dos tipos de relaciones: las altruistas instintivas y las interacciones del tipo del juego del ultimátum, pero con un número indefinido de vueltas. El individuo ve que la sociedad, por los resultados netos de la cooperación, produce bienes y servicios y desea incrementar su parte. Probablemente, se irrita como el mono capuchino si no puede incrementarla con lo que cree a su alcance, pero limitado por otros y puede negarse a pactos particulares o al mismo pacto general que es la sociedad.

Pero las interacciones son a un número indefinido de vueltas, de manera que el precio que va poniendo cada individuo a su participación y lo que recibe de otros se va ajustando en cada una de ellas. Además eso las hace simétricas pues la falta de colaboración priva a las dos partes de su resultado y se ven en la situación de volver a negociar.

30.4. La justicia se alcanza así como método cuando todos los individuos son capaces de poner un mínimo igual de derechos para todos como precio de su colaboración social, aparte del precio de cualquier tipo que puedan poner para su participación en otras actividades sociales.



Y nadie se confunda. El hecho de que nuestro sentido de la justicia sea instintivo no significa que sea la emoción (de indignación) quien juzgue. Ni mucho menos. El mono (como el ser humano) se indigna porque su inteligencia ha percibido un caso de injusticia hacia su ser. La inteligencia estima, en efecto, que, a igualdad de trabajo, se debe dar la misma recompensa. Es la inteligencia quien compara, no la emoción.


Y dado que es la inteligencia quien juzga lo justo o lo injusto, el mono (o el ser humano) que comprende que ha sido víctima de una injusticia, también está intelectualmente preparado para comprender que otro mono (o ser humano) es víctima de otra injusticia, ya sea a manos de él o de otro mono.


Y lo que puede comprender un mono, lo puede comprender el verdugo, el asesino, el ladrón… Y lo que comprende un mono capuchino, también lo podrá comprender un alienígena racional. Lo que no sé es si lo podrán comprender todos los filósofos.


Está claro que la comprensión del delito (de la injusticia) no es suficiente para evitar el delito. Si así fuera, prácticamente no existiría el delito, salvo el perpetrado por personas mentalmente perturbadas y retrasadas. Pero el sistema de justicia, si se basa en la razón, (cuya finalidad es la felicidad social, la de todos), y no en la emoción, sólo necesitará que la persona comprenda sus propios actos para poder procesarla. Que comprenda, como comprende un mono capuchino, en qué consiste un acto de injusticia. Por eso, con buen criterio, la justicia procesa a quien sabe distinguir el bien del mal: lo que es justo e injusto.




31.1. No cabe duda de que el conocimiento de la realidad es importante porque ésta existe al margen de nuestros deseos y sobrevivimos, o sobrevivimos mejor, si conocemos lo que podemos esperar de la parte del mundo que nos afecta. Y en esta parte se encuentran muchos seres vivos y los seres humanos con los que nos relacionamos más de cerca. Así que es importante también conocer el modo como se comporta un ser humano en determinadas condiciones.

Sabemos instintivamente que determinados sonidos o gestos presagian determinados comportamientos y, como método general, aprendemos a asociar otros con conductas que hemos observado. No es sorprendente que podamos hacerlo con respecto a lo que las demás personas sienten y al modo como reaccionan cuando son perjudicadas o creen serlo. Y podremos modular nuestros actos con respecto a esas personas en función de lo que deseamos. Por ejemplo, bien pronto el niño aprende que sus palabras describiendo una realidad son creídas por otros y que es posible mentir.

31.2. Todo esto se integra en nuestro comportamiento social. Tenderemos, por tanto, a prever beneficios o daños del comportamiento habitual de otras personas y a elaborar estrategias tal como lo explica la Teoría de juegos pues lo que cada individuo busca es su máximo beneficio a un plazo determinado. Esas mismas estrategias son parte de nuestros instintos y explican nuestros comportamientos no racionales con la particularidad de que el beneficio que ha dado lugar a la estrategia ha sido la supervivencia de los que la manifiestan.

Podemos también ver que en esas estrategias seleccionadas evolutivamente debe haber una variabilidad, que es la condición para que una característica sea seleccionable, y que habrá, por tanto, comportamientos contrarios a la supervivencia pero que ocurran tan naturalmente como los que la favorecen.

31.3. Vemos así que la sociedad que conocemos o cualquier otra no depende de un sentimiento de justicia y ni siquiera exclusivamente de un cálculo racional que tenga la justicia como requisito necesario. Puede haber personas instintivamente afables o agresivas, empáticas o incapaces de sentir simpatía por sus semejantes, previsoras o que tengan más en cuenta el presente o el futuro inmediato que las consecuencias a medio o largo plazo. Todo eso son consecuencias de la variabilidad humana. El que aparezcan depende de la mutación que da lugar a variaciones en los instintos o la imaginación libre de cada uno, pero el que se extiendan y persistan depende de su éxito en unas condiciones determinadas.

Hemos visto que los seres vivos se han adaptado a vivir en grupos sacando ventaja de ello incluso sin cooperación. La reproducción sincronizada que satura de presas potenciales a los predadores permitirá sin duda sobrevivir a un mayor número de crías que si éstas nacieran con la misma frecuencia a lo largo del año, convirtiéndose en un recurso previsible y siempre disponible. O el que un individuo interprete el comportamiento de otro que se dirige a un lugar con alimento facilita la vida del segundo sin que el primero tenga un comportamiento altruista. El mismo caso puede ser el del reaccionar huyendo cundo se interpreta que otro huye, aunque no se haya visto otra señal de peligro. Y el altruismo añade posibilidades de supervivencia a los hijos o a los individuos emparentados, de manera que la inversión del trabajo con riesgo produce una mayor supervivencia de los genes que un comportamiento sin trabajo o sin riesgo.

Pero en todos los casos se maximiza el beneficio del que manifiesta un comportamiento o éste resulta descartado, tanto si se trata de selección natural como si un individuo calcula los diferentes resultados que ha obtenido de diferentes estrategias. Es el éxito de la estrategia individual la que la hace viable y no otra cosa. Debemos descartar como viable y posible explicación toda estrategia que no consista en un intento individual de maximizar su propio éxito o, como es el caso del altruismo, el de los propios genes que se transmiten.







No hay comentarios: